El complejo camino hacia una política pública

Por Matías Lira (@mlira1)

Diario Pulso

Hace un par de semanas, un ex ministro señalaba a un medio de comunicación que el Transantiago era bien evaluado a nivel internacional, pero que faltaba mucho para que los usuarios de este sistema pensaran igual.

Más allá del contexto de estos dichos, creo que vale la pena profundizar en estas declaraciones que expresan un síntoma realmente preocupante que aqueja el diseño e implementación de las políticas públicas, especialmente en estos últimos años.

Claramente, no basta con la elaboración de complejos diagnósticos sobre problemas específicos que afecten a comunidades para que por arte de magia o voluntarismo las cosas cambien. Muchas veces dichos diagnósticos se basan en anécdotas, lugares comunes, proyecciones ideológicas y los hoy populares “reportajes de denuncia”, más que en datos duros y concretos que den cuenta de los verdaderos problemas a solucionar y la magnitud y complejidad de estos.

Por otro lado, y haciendo referencia al ex ministro, se invierten grandes esfuerzos y recursos en el desarrollo de estudios de factibilidad técnica y económica, pero desconociendo y a veces casi despreciando la importancia de quienes serán los usuarios de tan anhelada solución.

Queda la sensación de que por el mero hecho de contar con un informe o una larga presentación en PowerPoint, los usuarios deben conformarse y aceptar cualquier acción o política. Haciendo un paralelo con cualquier producto de consumo masivo, ¿se imagina alguien en su sano juicio que un producto sea exitoso en términos de venta y participación de mercado por la simple razón de que algún ejecutivo de dicha compañía decidió voluntariosamente que así sería?

Es evidente que toda empresa seria realiza estudios para conocer si aquel producto se puede elaborar o fabricar, es decir, que cuenta con factibilidad técnica. Por otro lado, nadie puede desconocer que la importancia de contar con un resultado o rentabilidad financiera es lo que determinará si se lanza o no al mercado, es decir, viabilidad económica.

Pero casi al mismo nivel o más importante aún en los mercados competitivos y globalizados, es la deseabilidad del producto, es decir, si un usuario está dispuesto a adquirirlo y usarlo, no como un favor, sino porque realmente ese producto le hace sentido y le otorga algún grado de bienestar.

Esta última dimensión es la que hoy hace la diferencia entre un producto exitoso versus miles de productos que han fracasado en el intento. Lo anterior, asociado al mundo de los bienes y servicios, es perfectamente aplicable al diseño de políticas públicas.

Son varios los ejemplos de organismos internacionales que en una noble búsqueda de solucionar problemas que afectan a la humanidad, diseñan grandes y caras soluciones que después fracasan a pesar de los aplausos en elegantes seminarios académicos, por no haber observado y comprendido al beneficiario específico y su contexto cultural.

El Transantiago es nuestro gran ejemplo de cómo un diagnóstico bien intencionado (nadie puede negar que el sistema de transporte público del pasado tenía tremendas falencias), termina en un gran fracaso por haber, quizás, dedicado demasiado tiempo en estudios de factibilidad y poco tiempo en entender la realidad de quienes, hasta hoy, sufren las consecuencias de un sistema que no desean.

Me preocupa profundamente que en estos tiempos electorales algunos pretendan voluntariosamente mejorar como país sólo desde los principios o ideas, minimizando el rol de un buen diseño e implementación de aquellas ideas.

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